lunes, 23 de marzo de 2009

El monstruo de Amstetten y el inconsciente colectivo

El pasado 19 de marzo, Josef Fritzl, bautizado de forma sensacionalista como "el monstruo de Amstetten", fue condenado a cadena perpetua por la sala 119 de la Audiencia de Sankt Pölten (Austria). Los ocho miembros del jurado lo encontraron culpable de los siguientes cargos: asesinato por omisión de socorro, esclavitud, secuestro, violación en 3.000 casos y coacción grave. Fritzl, de 73 años, se ha mostrado conforme con el veredicto y ha anunciado que no recurrirá la sentencia.

El caso de Fritzl dio la vuelta al mundo a finales de abril de 2008, cuando se conoció que había mantenido secuestrada a su hija Elisabeth, la tercera de siete hermanos, durante 24 años en un zulo de 60 metros cuadrados oculto en el sótano de su casa. Fritzl, que comenzó a violar a su hija en 1977, cuando ésta contaba con 11 años de edad, decidió encerrarla en agosto de 1984, obligándola a escribir una carta a su madre en la que declaraba haber entrado en una secta. En 1988 nació Kerstin, la primera de los siete hijos-nietos de Fritzl (uno de los cuales murió a los pocos días de su nacimiento).

Durante esos 24 años Josef Fritzl vivió una doble vida de forma ejemplar: en el mundo de arriba era respetado por su comunidad, como un ejemplar y severo padre de familia, un hombre de negocios, cumplidor de sus promesas, devoto católico, etc. En el mundo de abajo Fritzl encarnó la figura del basileus, soberano de un territorio y figura última de autoridad.

El caso Fritzl concita toda clase de oscuros fantasmas primordiales. La figura del rey-padre, despótico y arbitrario con sus hijos-subditos, enraiza con elementos que están profundamente instalados en el inconsciente colectivo de Occidente. En la tradición griega, por ejemplo, Urano, el dios primigenio (el padre por antonomasia), encerró en el Tártaro a sus hijos menores, los Cíclopes y los Hecatonquiros. Estos eran sus hijos monstruosos, de los que se avergonzaba y a los cuales temía. Del mismo modo, Fritzl confesó haber encerrado a su hija, a la que consideraba una "descarriada", para evitar las malas influencias. Entre los griegos, la figura del padre que ejerce un poder irracional y desmedido fue asimismo representada por Cronos, hijo menor de Urano y líder de la primera generación de Titanes, en el acto de devorar a sus propios hijos. Padre-carcelero (Urano), padre devorador (Cronos) evocan un universo patriarcal dominado por la figura aplastante del padre, que ejerce su dominio de forma destructora.

En la tradición judeo-cristiana, también reaparecen estos elementos. Es el lado terrible de Yaveh (emat Jahveh), su aspecto irracional y casi demoniaco, tal como se muestra en el segundo libro de Moisés (capítulos IV, 26) donde Yaveh, iracundo, ataca a Moisés en medio de la noche con la intención de matarlo. En realidad, ambas tradiciones expresan la figura de un poder arbitrario e ilimitado, causante de temor y espanto, que Rudolf Otto identificó como uno de los elemento más característicos de lo numinoso.

"Y le dijo: —Toma a tu hijo, a tu único, a Isaac a quien amas. Vé a la tierra de Moriah y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré" ( Génesis 22:1-19). Sacrificio de Isaac, Caravaggio, 1603

Desde la perspectiva psicoanalítica, Freud parte de la hipótesis de la horda primordial para explicar la filogenesis de las prohibiciones fundamentales de la humanidad: el asesinato y el parricidio. En Totem y tabú (1912-1913) describe un grupo humano atávico, donde el padre ejerce el dominio de una forma violenta y bestial: se aparea con todas las mujeres, incluyendo a sus hijas y lucha con sus hijos para preservar su monopolio. En realidad, el poder del padre es el único elemento que sirve para aglutinar al grupo en torno al terror que inspira. En un momento dado, los hermanos deciden rebelarse frente a este orden y matan al padre. Así pues, el parricidio es, según Freud, el elemento fundacional de la sociedad (punto en el que coincide la antropología estructural de Lévi-Strauss). La muerte del padre prototítico da lugar un pacto social establecido sobre el tabú del incesto, mediante la regulación del matrimonio, y de la prohibición de matar.

Como el padre descrito por Freud, Fritzl ejercía su autoridad de forma implacable en sus familias. Pero mientras la familia de arriba se sometía a unas normas y valores socialmente establecidos, la familia del sótano habitaba un mundo en el que no había ninguna instancia superior a la palabra del basileus. Quizá haya que tener en cuenta el carácter de los pueblos centroeuropeos, que tradicionalmente han ensalzado el respecto a la autoridad y la figura de la obediencia. Sólo así se explica cómo la familia subterránea no decidiera, que sepamos, rebelarse contra el padre devorador (en realidad, un secuestro tan prolongado sugiere alguna forma de connivencia entre víctimas y verdugo). A pesar de lo insólito que pueda parecer esta obediencia, Milgram ya demostró la fascinación que las figuras de autoridad ejercen con su clásico experimento.

En el sótano de su casa (en la imagen, la puerta que daba acceso al zulo), Josef Fritzl puso en marcha una fantasía de poder y dominio, que hizo de este angosto lugar un espacio de lo pulsional, de suerte que su residencia de Amstetten se convirtió en una materialización arquitectónica del psiquismo humano.

Hay algo en esta fantasía que recuerda los delirios del loco Lope de Aguirre, en su rebelión personal contra la corona española (último vestigio del Estado, la sociedad o la moral en medio de la nada). Autoproclamado principe de Perú, Tierra Firme y Chile, Aguirre pretendió fundar un nuevo imperio con su propia descendecia, en unión con su hija Elvira.

Como la jungla de Aguirre, el sótano de Fritzl fue un espacio de soberanía. En las sociedades occidentales contemporáneas, la vida humana tiende a estar cada vez más administrada por el Estado, a través de disposiciones, normas y dispositivos de control. La sociedad de consumo modela nuestros deseos y regula nuestros hábitos, hasta sus últimos y más secretos resquicios. Quizá lo que demuestre el caso Fritzl es que lo más peligroso en este mundo es la irrupción espontánea y no controlada del deseo.

En una realidad semejante, parecería que el único espacio soberanía que el poder reserva a los individuos fuera el crimen, o tuviera necesariamente un carácter criminal. Es obvio que las acciones perpetradas por Fritzl lo fueron: lo escandaloso de este suceso es que atenta de forma flagrante contra los valores más sagrados de la sociedad: la prohibición del incesto y el homicidio, el valor absoluto de la infancia, la privación de la libertad individual, la ausencia de culpabilidad moral. Eso es, realmente, lo que convierte a Fritzl en un monstruo. Como los héroes de las obras de Sade, Fritzl puso todo su empeño en arruinar lo más elevado de la sociedad. Por eso, más allá del irrelenvante castigo legal, lo que la sociedad ha exigido en este juicio es ante todo su arrepentimiento: sólo así quedan auténticamente restablecidos los valores que él mismo insistió en profanar.

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